El
corralito mediático
Por Rubén Levenberg
04/09/2008
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El desarrollo tecnológico permite
una apertura de la comunicación a la que ciertos
intereses miran con horror. Tal vez sea la mejor señal
para
verificar que hace falta multiplicar las señales.
Resaltar que la ley de radiodifusión vigente es
"una ley de la dictadura" es una manera de justificar
que, en materia de comunicación, cualquiera puede
hacer lo que le venga en gana, si tiene poder y dinero
para hacerlo. Tanto que, paradójicamente, los mismos
grupos que durante décadas bloquearon todo intento
por reemplazar aquella ley, utilizan el argumento de su
origen para justificar su violación.
A modo de pequeñísimo ejemplo, el hecho
de que un grupo empresario como el que maneja Radio Continental
haya solicitado una frecuencia para difusión cultural
y una vez obtenida la haya utilizado como simple repetidora
puede ser tomado como un signo de la "viveza criolla"
o como un hecho natural en una sociedad en la que las
leyes, los derechos de los ciudadanos y los papeles que
se firman son apenas anécdotas si el negocio lo
vale. Se trata de la versión oficial de los hechos,
que no fue difundida por los medios de comunicación
masivos, porque, como también es "natural",
nadie quiere escupir para arriba. En el mejor de los casos,
el tema se cubre con una pátina seudo contestataria,
una forma simpática con la que a veces se marca
la frontera de los intereses corporativos.
No es una sorpresa, es el mismo silencio que hubo durante
años cada vez que una cadena empresaria compraba
medios locales y a su vez las cadenas
internacionales compraban a las cadenas locales en una
perversa mediofagia que terminó con unos pocos
dueños, localizados en algunos lugares remotos
del planeta, decidiendo qué se escucha, qué
se lee, qué se mira y de qué se habla en
la Argentina.
Al margen de la posición fácil, adoptada
por algunos distinguidos colegas y algunos medios locales
-que se pretenden independientes desde una posición
pseudo revolucionaria pero que, por error u omisión
terminan favoreciendo a los intereses de los dueños
de las cadenas dueñas de cadenas que son dueñas
de la inmensa mayoría de los medios de comunicación-
es a todas luces importante que finalmente haya una nueva
ley de Radiodifusión, un hecho que no es ajeno
al sector de las TIC.
Es un motivo suficiente para contemplar con cierto placer
que hace menos de dos semanas la cámara de Diputados
haya hecho suyos los 21 puntos básicos por el derecho
a la comunicación para avanzar hacia una nueva
ley. La multiplicación de frecuencias que hoy permite
la tecnología puede abrir un corralito tendido
durante décadas, un cerco que hace que hasta el
más inocente termine repitiendo las ideas sobre
la historia argentina que aprendió en alguna versión
centroamericana consumida junto a la cena en alguna señal
televisiva berreta.
Tal vez, si en esta oportunidad el corralito se rompe
y los 21 puntos
sostenidos desde hace años por las entidades que
quieren una comunicación
democrática finalmente se convierte en ley, muchos
de los que hoy juegan el papel de estrellas mediáticas
finalmente tengan que discutir en serio, sin periodistas
que preguntan lo que a ellos les interesa, de la manera
que a ellos les interesa y con las conclusiones que a
ellos les interesa.
Seguramente, muchos de los que hoy desde su casa, desde
su trabajo, su
empresa o sus oficinas miran azorados cómo sus
palabras se pierden y sus
ideas se deforman tendrán la posibilidad de expresarse
sin sentir que tienen que pedir permiso a alguien o pagar
a alguien para poder decirlo. Es una gran responsabilidad,
pero es un desafío que vale la pena.